CUENTOS PARA NO DORMIR
Comenzó como un juego y sigue así
LIQUIDACIÓN
Desde hace treinta y cinco años, Juan Valle es el primero en llegar a la oficina de envío de encomiendas, quince minutos antes de las nueve. Mientras todos aparecen, se prepara un café con una cucharadita de azúcar en su vieja taza de empleado del mes. Antes eran tres pero desde que la panza empezó a crecer, bajó la cantidad. Mientras da el primer sorbo que le provoca una ligera mueca, se sonroja al mirar la frase en la taza. Observa hacia los lados por si alguien se percata, además de Inesita desde su portaretrato, pero a esa hora nunca hay nadie, salvo hoy. Son las ocho y cuarenta am y hay mucha gente.
Juan Valle abre la puerta y al ver la oficina llena, se peina con la mano los pelos grises que ostenta en su cabeza. Pregunta al aire de forma muy cortés, usando su sonrisa ganadora.
- ¿Qué está pasando? - pero nadie se detiene, todos corren de un lado para el otro.
En un acto de atrevimiento, jala el brazo al practicante de suministros que sale de su trance y le dice: El joven Agurri se tiró la plata de la empresa.
-¿Qué dices?
- No hay nada para pagar a los choferes, ni a los proveedores. Si cagó a los clientes que eran sus amigos, ¿cómo no nos va cagar a nosotros?
-¡Pero si mañana es mi último día! Me jubilo.
-¿Mañana? ya lo jubilaron hoy.
Juan siente un escalofrío que lo hace soltar el brazo del practicante que regresa a correr como gallina sin cabeza. Ve pasar al financiero con una máquina de escribir en las manos, va detrás y lo intercepta en el pasadizo.
-¿Tú lo sabías? - pregunta conteniendo sus emociones.
-Yo le dije al joven Agurri que así no se gerencia, que andábamos mal pero del padre solo sacó la pendejada.
-¿Y ahora?
- Nada. Agarra lo que puedas y llévatelo, porque para pagarnos no hay. Toda se la jugó.
-¿Ah? - dice Juan mientras un mechón cae sobre su frente.
El financiero señala con la cabeza un gran mueble que tiene al lado.
- Tu escritorio, llévatelo antes que alguien más lo haga. Si esperas dinero, busca en otra parte. Ni bien termina de hablar, agarra un teléfono de la pared, arranca el cable y se va, dejándolo solo.
Juan se queda mirando la nada recordando su paso de asistente a empleado fijo, luego a jefatura para finalmente ser gerente de despachos. Recibiendo felicitaciones por su gestión que se transformó en más dinero, que ahora no existe. Solo están cien kilos de madera de roble barnizada en color mate, llena de rasguños de treinta años de trabajo. No siempre fue suyo, pero se lo habían asignado al volverse gerente. Un empleado se acerca y mira el mueble con deseo, a lo que Juan se pone detrás y le muestra los dientes como fiera acorralada, logrando que se vaya, defendiendo lo que ahora es su liquidación.
Abre el primer cajón y mira la carta de jubilación aún sin su firma y la de Agurri, junto a un itinerario de viaje minuciosamente detallado. Un mes recorriendo la costa del Perú con su esposa. «Esto no va pasar a menos que sea montado en esté mastodonte de madera» piensa, mientras finge una sonrisa. Da un largo suspiro, vuelve a colocar el mechón de pelo gris junto al resto y suma al escritorio un pequeño ventilador que lo acompaña desde que era supervisor junto a su taza de empleado del mes llena de café de la cual sobresale el mango de una cucharita. La puerta de la oficina se abre con un golpe seco y sale detrás, empujando el escritorio como un viejo vaquero arreando vacas.
Mientras avanza bajo el sol que se filtra entre los edificios y las palomas dan vueltas sobre él, evalúa cómo va contárselo a Inesita. Decirle lo extraño que comenzó ese día, de como nadie sospechaba del hijo, - fácil el rufián del financiero sí - dice en voz alta pero solo él escucha. «O mejor contarle rápido y ver esto como una oportunidad de empezar de nuevo como dos veinteañeros, a ella se le puede ocurrir algo, quizás el escritorio vale más de lo que parece»piensa. Comienza a revisar los cajones, se agacha para ver el interior de las tapas, por sí el escritorio devela una marca o señal que le de más valor que el meramente emocional pero nada.
La calle se siente cada vez más empinada mientras avanza el pesado escritorio. Las tristes aspas del ventilador son la proa de esta embarcación. El café lucha por mantenerse dentro de la taza al ritmo de las rueditas contra el piso. Mientras más avanza más suda, las gotas bajan por su frente y se comienzan a confundir con lágrimas.
En el cruce, mientras recupera el aliento y espera que el semáforo cambie de rojo a verde, ve que al final de la calle, en la parte más baja, se encuentra el casino donde el jovencito Agurri pasaba primero las noches y luego todo el tiempo, «porque la plata se invierte mejor ahí que en los bancos», decía.
El semáforo cambia de color pero Juan sigue rojo, no avanza. Se queda mirando en dirección a donde fueron a parar sus treinta y cinco años de trabajo. Las maquinitas suenan a lo lejos, chin chin chin, chau pensión. Chin chin chin, sírvame otro whisky que los empleados pagan. Chin chin chin, ya vengo voy por más plata.
Juan ve salir del casino a Agurri y le comienza a temblar el ojo cada vez más rápido. Las lágrimas caen en la taza amargando el café. Se peina con determinación el mechón gris y las cuatro rueditas doblan hacia la derecha. Toma impulso, acelera el paso y suelta el escritorio que baja por la cuesta. La cucharita golpea el borde de la taza como las válvulas de un motor. Las aspas del ventilador giran cada vez más rápido como un avión de kamikaze. El segundo cajón se abre de tantos saltos contra la vereda y las fotos guardadas comienzan a volar dejando una estela de fiestas de fin de año, ascensos y aniversarios de la compañía. Juan sigue con la mirada la foto de su primer día, más flaco, el mismo pelo pero negro y más inocente. El sonido de la madera al crujir contra los huesos, lo saca del trance. La taza sale volando y se parte contra el piso, derramando el café amargo que se endulza con la sangre.
Juan baja a paso lento hasta llegar al lugar del siniestro deteniéndose a contemplar su ahora inservible taza. Se acerca al desmembrado escritorio que aún conserva algo la forma, abre uno de los cajones, saca su carta de jubilación y un lapicero. Lo apoya sobre la encimera y escribe su firma. Cuando está por poner punto final, las maderas del escritorio se mueven y emerge entre los pedazos Agurri, cubierto con los papeles del viaje pegoteados con sangre a su cuerpo, toma lo que queda del ventilador y se abalanza sobre el hasta hace poco gerente de despachos, ahorcándolo con el cable, tirándolo al piso. Juan vuelve a ponerse rojo y luego morado mientras lucha por sacárselo de encima. Sus ojos se inyectan de sangre, su rostro palidece y su mano palmea el piso como pidiendo una pausa. Sus dedos se cruzan con el lapicero sobre la acera, lo aferra con las pocas fuerzas que le quedan y lanza un último golpe dando en el blanco. El cuerpo de Agurri se pone rígido y de su ojo comienza a brotar un hilo rojo que recorre el lapicero hasta juntarse en una gran gota de sangre que no aguanta más su peso y cae sobre el pelo gris, pintándolo de rojo. El rojicano tose al volver a respirar y empuja el cuerpo hacia un lado quedando con la mirada hacia arriba. Un par de gallinazos comienzan a dar vueltas en círculos. Gira el rostro y se cruza con la mirada inerte de Agurri atravesada por el lapicero. Mientras recupera el aliento, saca de su bolsillo la carta membretada, la apoya sobre la punta roma que sobresale del ojo del gerente general y logra que por fin firme su jubilación.

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